Las bragas de mi madre nos llevan al incesto

Todo empezó por unas bragas que mi madre dejó en el suelo del baño, nunca lo hacía, pero aquella vez con las prisas allí las dejó. Yo tenía diecisiete años y mis hormonas me impulsaban a todo aquello que me parecía pervertido y caliente. Muchas noches veía vídeos porno en Internet y ver aquellas bragas usadas me produjo una gran excitación. Las cogí y las olí.

Así fue como empezó mi obsesión con las mujeres maduras. Mi nombre es Pedro, con dieciocho años andaba detrás de conseguir llevarme una mujer madura a la cama. Mi mente siempre estaba caliente imaginando situaciones en las que pudiera hacer realidad mi sueño. Sólo conseguía calentarme hasta tal punto, que las pajas era algo que tenía que practicar todos los días. Pero todo cambió el día que…

–          ¡Hola mamá! – Dije cuando llegué a casa tras salir con los amigos un buen rato.

Era invierno, aquel sábado había salido un poco con los amigos y cuando llegué me encontré con mi madre y nuestra vecina Adela. Adela me daba la espalda, sentada en el sillón y hablando con mi madre. Ella me saludó levemente y me señaló hacia la habitación para que las dejara solas. No pude escuchar lo que hablaban, pero un rato después Adela se marchó y mi madre me llamó para hablarme.

–          Pedro, nuestra vecina ha tenido una pelea muy grande con su marido y no se atreve a dormir en su casa, aunque él se haya marchado. – Me agarró la mano y me miró como pidiéndome un favor. – Cambia la ropa de tu cama y recoge la habitación lo mejor posible, ella dormirá en tu cama y tú dormirás conmigo.

–          ¡Sí, claro mamá! – Le contesté poniendo cara de aflicción, mientras por dentro sentía la excitación de dormir en la misma cama con mi madre.

No tardé mucho en cambiar la cama y recoger todo. Después fui a la habitación de mi madre y observé su cama, imaginando a los dos allí, bajo la misma sábana. Sólo de pensarlo produjo una gran erección de mi polla.

–          Hola hijo. – Dijo Adela cuando entró en casa seguida de mi madre. – Laura, te agradezco profundamente el favor qué me estáis haciendo y os pido perdón por ello… Mañana llegará mi hermana desde el pueblo y se quedará conmigo para ayudarme. Os pido perdón de nuevo…

–          No te preocupes mujer. – Mi madre la abrazó en señal de protección. – Mi hijo es  fornido y todo un hombretón, él nos protegerá. Ahora es mejor cenar y después te acuestas a descansar.

Las dos se marcharon a mi habitación y yo las observé caminar. La situación era muy tensa en casa de nuestra vecina, pero más tensa era la presión que se producía en mis pantalones al ver aquellos culos que se meneaban caminando por el pasillo. Mi madre tenía cuarenta y tres años y Adela ya había alcanzado los cincuenta, pero ya os dije que las mujeres maduras me volvían loco desde que encontré las bragas de mi madre.

Un rato después, las dos se metieron en la cocina. Las escuchaba hablar mientras cocinaban, así llevaban desde que Adela llegó a casa. Hablaban y hablaban. Nuestra vecina le contaba cosas y mi madre intentaba consolarla y darle ánimos. Mientras comíamos, me fijé en los hermosos ojos de nuestra vecina. De vez en cuando se quitaba las gafas, cuando las lágrimas asomaban levemente en sus ojos. Mi madre la acariciaba y la animaba. Eran impresionantes las dos voluminosas tetas que tenía Adela, casi el doble de las de mi madre. Meter allí la polla debía ser la gloria.

–          Si no os importa, me iré a la cama… – Dijo Adela recogiendo sus platos para llevarlos a la cocina.

–          ¡Deja eso! – La paró mi madre. – Ve y descansa… Lo necesitas. Mañana verás todo de otra manera.

–          ¡Gracias Laura! – Le dio un beso a mi madre. – ¡Gracias Pedro! – Se acercó y aproveché para ver el canalillo de sus tetas mientras me besaba en la cabeza. Desapareció por el pasillo y escuchamos cerrar la puerta de mi habitación.

Tras recoger todo, mi madre y yo nos sentamos en el salón a ver la televisión. Todos los programas eran muy aburridos.

–          Pedro, la tele es un aburrimiento… ¡Me voy a dormir! – Aquello me cogió por sorpresa y casi no reacciono a tiempo.

–          La verdad es que sí… ¿Te importa si me acuesto yo también?

–          ¡Por qué me iba a importar! – Me miró con cara extrañada.

–          Oh… no sé… – Quedé como un estúpido con aquella conversación.

–          ¡Vamos idiota! – Me dijo dándome un leve golpe en la cabeza. – Voy al servicio, ponte el pijama y acuéstate, ahora voy.

Se marchó al baño y yo me levanté rápidamente para que viera la prominente erección que tenía. Me puse mis calzonas, ese es mi pijama normalmente, y me metí dentro de la cama esperando ver a mi madre. Mi polla estaba totalmente erecta, imaginándomela con una ropa liviana, casi transparente, a través de la cual podría intuir sus maravillosas redondeces… Iba a reventar con aquella excitación.

Cuando entró en la habitación, llevaba aquel caliente pijama de franela, aquellos pantalones que le cubrían hasta los tobillos y aquella especie de chaqueta que no dejaban la más mínima imagen para la imaginación calenturienta de su hijo.

–          Hace mucho tiempo que no duermes conmigo… – Sonrió recordando cuando yo era un niño y me abrazaba a ella para dormir cuando tenía miedo. – Ya eres todo un hombrecito y yo llevo sin dormir con un hombre mucho tiempo… – Aquella frase y su sonrisa me parecieron las más sensuales del mundo y mi corazón se aceleró por la excitación. Destapó la cama y se metió dentro. Se tapó y me dio la espalda. – La cama no es demasiado grande, así que por tu brazo bajo mi cuello. – Levantó la cabeza y esperó que pusiera mi brazo. – Pégate a mí y pasa tu otro brazo por mi cintura… – Me esperó y cogió mi mano para apoyarla en su redonda barriga. – ¡Así dormiremos calentitos!

Yo desde luego ya estaba muy caliente. Tenía a mi madre entre mis brazos, pegada a mi cuerpo. Mi polla estaba totalmente erecta y la separaba de su cuerpo para que no notara mi evidente erección. Ella se agitaba buscando una postura cómoda mientras cruzaba los dedos de su mano con los de la mía que descansaban en su barriga. Su pelo me daba en la cara, en la nariz y me hacía cosquillas. Resoplé para intentar apartarlos pero no pude.

–          ¿Te molestan mis pelos?

No dijo más. Con las manos cogió todos sus pelos y los pasó por debajo de su cuello. No había mucha luz en la habitación, pero podía ver su cuello desnudo, justo al alcance de mi boca. Deseaba besar y saborear la piel de su cuello. Me aproximé y su olor me invadió. Sólo tenía que acercarme un poco más y darle un suave beso, mi excitación aumentaba y mi respiración más intensa.

–          ¡Ah, me haces cosquillas en el cuello con tu respiración! – Me dijo.

–          Perdona mamá… – Mi cuerpo vibraba por aquella situación. – Es la primera vez que duermo en una cama con una mujer y no sé como colocarme…

–          ¡Espera! – Se giró y quedó boca arriba, entre mis brazos. – ¡¿Así mejor?! ¡Pégate a mí y dame calor! – Si no fuera mi madre, hubiera pensado que me pedía otra cosa.

Entonces la abracé por encima de su cuerpo, aferrándome a ella, pegándome todo lo posible para que mi cuerpo la calentara. Sin pensar, subí mi pierna por encima de las suyas. Mi pene erecto se posó en sus caderas.

–          ¡Uf hijo, qué calentito! – Me dijo agitándose y casi ronroneando.

–          ¡Es un placer abrazarte, hueles muy bien!

No dijimos más y nos quedamos abrazados y en silencio. Poco después, sentí que mi madre se había dormido, su respiración acompasada, su brazo había caído desde mi mano hasta el colchón. Mi erección no había bajado en todo aquel tiempo, deseando agitarse contra el cuerpo de mi madre. Aquello era insoportable y pensé en levantarme para hacerme una paja, pero quería estar allí, junto a ella, sintiendo su cálido cuerpo.

Mi excitación era insoportable, pero deliciosa. Deslicé mi mano por encima de su cuerpo, suavemente. Sentí los redondos volúmenes de sus pechos y posé mi mano sobre uno. La dejé quieta, sin moverme, casi sin respirar disfruté del contacto de su seno por encima de la tela. Iba a explotar en un salvaje orgasmo. Moví de nuevo mi mano hasta encontrar el filo inferior de su chaqueta. Sutilmente moví los dedos hasta colocarlos por debajo de la tela, ahora tocaba el pantalón de su pijama. La fui desplazando poco a poco, centímetro a centímetro me introducía por debajo de sus ropas. Todos mis sentidos se concentraban en el tacto de mi mano, en su respiración, en sus movimientos y la hermosa cara que tenía mi madre mientras dormía.

Un calambre de excitación recorrió todo mi cuerpo cuando mi mano tocó la suave piel del vientre de mi madre. Lo acaricié despacio mientras subía poco a poco por su cuerpo. Llegué a su ombligo y lo acaricié suavemente. Estaba profundamente dormida y no se movía. Aquello me tenía totalmente erecto, cómo nunca antes lo había estado y su quietud me animó a seguir explorando su cuerpo. Subí un poco más y toqué sus costillas. Un poco más arriba estarían sus hermosas tetas esperándome a que las tocara. Me moví un poco más y las yemas de mis dedos chocaron con las tiernas carnes de sus pechos, no tenía sujetador, mi calentura aumentó.

Ya sólo me quedaba escalar aquellos impresionantes montes de suave piel y alcanzaría las tostadas cimas de sus pezones. Inicié la escalada con igual miedo que excitación ante el posible despertar de mi madre. Mis dedos se abrieron para conquistar aquel sensual monte. Mientras cuatro de ellos la tomaban por un franco, el otro dedo se aproximaba por el lado contrario. ¡La cima sería conquistada en breve! Ya podía sentir su pecho descansando en la palma de mi mano.

Súbitamente mi madre se movió. No tuve tiempo de sacar mi brazo de dentro de su pijama. Se giró y quedó de espaldas a mí, con su redondo y hermoso culo apuntándome. Quedé helado y no pude reaccionar. Su brazo superior lo llevó atrás y asiéndome por mi cintura, me empujó contra ella mientras su culo empujaba contra mí. ¡Casi me corro cuando sentí el roce de su culo!

Mi mano, aún dentro de su pijama, se posaba sobre su barriga. Ella había quedado de lado, dándome la espalda y con su mano en mi cintura tras haberme empujado. Moví mi mano y la desplacé por su suave piel en busca de mi deseado monte. De nuevo mis dedos rodeaban mi objetivo, de nuevo subían por sus laderas hasta alcanzar su cima, sus pezones.

El dedo índice fue el elegido para conquistar aquel pezón. Se aproximó haciendo círculos hasta tocar el erecto pezón. No lo podía ver, pero lo notaba erecto y muy grande ¡quién pudiera mamarlo de nuevo! Sin poder controlarme, de vez en cuando mis caderas aplastaban mi polla contra el culo de mi madre, suavemente, mientras mi dedo no paraba de jugar con aquel pezón.

Su suspiro me detuvo en seco. Quedé con mi polla sobre su culo y mi mano sobre su pecho, no sabía qué pasaría si me descubriera, pero mi excitación era tan grande que no podía retroceder en mi conquista. Tal vez estuviera teniendo un sueño erótico, pues su culo se agitaba levemente, como si disfrutara de tener mi polla erecta contra él.

Entonces pensé en su sexo. ¿Estaría excitado cómo sus pezones? Siempre había escuchado hablar de un coño húmedo por el deseo. ¿Estaría mi madre así con su sueño? Con la misma suavidad con la que subí, abandoné aquel cálido monte y bajé por su cuerpo hasta encontrar la frontera que separaba su pubis de mi lujuriosa mano. Tanteé el filo del pantalón hasta que pude meter mis dedos por debajo. Aquella misión era más difícil y delicada. La prenda dificultaba que los furtivos dedos pudieran entrar, cualquier molestia o agitación podía despertar a mi madre y todo se perdería.

Los cinco comenzaron a moverse bajo el pantalón, poco a poco, con dolor en mi muñeca por la postura forzada que tenía que adoptar. Llegué al último obstáculo que me separaba de su sexo, del deseo que sentía por mi madre. El elástico de sus bragas no opuso resistencia a que los cinco pasaran por debajo. Se movieron sigilosamente en busca del deseado premio, su misión era explorar la entrada del sexo de mi madre, y ellos se lanzaron a conquistarla.

Sólo el tacto me guiaba en aquella lujuriosa noche, mis dedos bajaban poco a poco hasta sentir los pelos que custodiaban la entrada de su cueva. Si bien no la podía ver, parecía que aquella selva era diminuta y me pregunté si tal vez ella se depilaba. Pero la misión debía continuar y me olvidé de la cantidad de pelo, para concentrarme en conquistar su sexo.

Y llegué al límite físico de mi madre, mis dedos no podían avanzar más. Sus muslos estaban uno sobre el otro y escondían su sexo cómo el tesoro que era. Mi dedo corazón intentó explorar el camino, era imposible, aquella selva se perdía entre los muslos infranqueables de mi madre. Estaba tan cerca y tenía que rendirme. Tal vez si empujaba con mis dedos su muslo conseguía que me dejara paso hasta su tesoro… Pero decidí acariciar aquella zona mientras mi polla se agitaba suavemente contra su culo.

Y de nuevo me asusté. Con un movimiento más abrupto que la vez anterior, mi madre giró su cuerpo y quedó de nuevo boca arriba. Me moví asustado e intentando acomodarme a su cuerpo. Mi corazón latía rápidamente, pero mi mano no se apartó de su sexo. Cuando dejó de agitarse, me acomodé a su cuerpo y volví a pegar mi polla contra sus caderas. Mi mano, esos cinco valientes que conquistaban furtivamente el cuerpo de mi madre, no se habían retirado, querían cumplir su misión.

Ahora fue el dedo corazón el elegido para culminar la conquista. Bajó por la selva para comprobar que sus muslo se habían separado lo suficiente para seguir con su camino. Cuando el camino de pelos terminó, mi dedo acarició un gurruño de carne caliente, eso tenía que ser sus labios vaginales. Con suavidad se deslizó para sentir su tacto, para explorar si su maduro sexo estaba mojado cómo tantas veces había escuchado que les pasaba a las mujeres cuando eran excitadas. Recorrió unos centímetros y los dos muslos que unos minutos antes obstaculizaban el conquistar de su sexo, se abrían un poco más para que aquellos conquistadores pudieran entrar.

No sabía lo que hacía, sólo quería tocar a mi madre en sus partes más íntimas sin saber bien qué debía hacer. Mis dedos intentaron que sus labios se separaran, lo había visto en alguna película porno y esa era mi única experiencia. Los movía encima sin conseguir que aquellas carnes se separaran, pero a cambio mi madre parecía gimotear en sueños ¡qué estaría soñando mientras yo la tocaba!

Seguí agitando mis dedos y pude notar como un bulto en el principio de su coño. ¿Sería su clítoris? Aproximé mi dedo y noté que allí sus labios estaban separados. Poco a poco mi dedo índice se colaba entre sus labios y comprobaba que su coño estaba mojado, sin duda ella estaba excitada por su sueño y mis caricias. Continué y dos dedos consiguieron separa los labios y dejar el interior expuesto a mis caricias. Aquella piel era muy suave y estaba mojada. Deslicé un dedo por toda su raja y sentí el calor que brotaba de su vagina. El dedo corazón se lanzaba a explorar el interior caliente y peligroso de mi madre. Empujé un poco y mi dedo empezó a hundirse, poco a poco, cada vez más dedo entraba en ella. Al momento las caderas de mi madre empezaron a agitarse levemente y mi mano se agitó al mismo ritmo haciendo que el dedo la penetrara.

Los leves gemidos que estaba dando y sentir mi dedo hundirse en su vagina, iban hacer correrme. No sé cuánto tiempo duró aquello, pero el cuerpo de mi madre se tensó por un instante y después se giró con violencia, obligándome a sacar mi mano de su caliente sexo. Me iba a correr y su movimiento había liberado mi otro brazo. Me levanté intentando no despertarla y me marché casi corriendo al baño. Salí al pasillo con mi polla fuera de las calzonas que utilizaba como pijama, erecta y a punto de lanzar mi semen. Entré en el baño y encendí la luz, levanté la tapa del inodoro y mientras una mano agitaba mi polla, la otra iba a mi nariz para oler los flujos que mi madre me había regalado. Dos sacudidas fueron suficientes para lanzar los mayores y más fuertes chorros de semen de mi vida. Creí que caerían en el blanco fondo de la taza, pero el primero chocó contra la pared de enfrente mientras olía el coño de mi madre recordando su suave tacto.

Después de limpiarme y limpiar todo el semen que se había desbordado, volví a la habitación de mi madre. Ella estaba dándome la espalda, y en cuando me tumbé, ella se giró y se abrazó a mí, haciendo que yo la abrazara a ella. Su pierna se colocó sobre mí, sobre mi polla que ya había menguado y los dos dormimos toda la noche.

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