El límite es la imaginación. Yo promuevo el juego del morbo, nunca lo censuro

Si de algo me han tachado desde que me estrené en esto del sexo es de “pervertido”.
Tal vez mi educación basada en el respeto y la libertad me haya forjado para evitar a toda costa los prejuicios y los tabúes. O tal vez (y es la opción que sigue pareciéndome más real) estemos viviendo en una sociedad marcada por la hipocresía: por un lado, el sexo está tan presente en nuestro día a día que prácticamente estamos inmunizados a las imágenes insinuantes y sensuales; por otro, defendemos a capa y espada los derechos de las “minorías” (entre las que me incluyo, por supesto) como Lesbianas, Gays, Transexuales, etc. “¡Sí! ¡Són personas con derechos! ¡No son enfermos!”… Y luego conocemos a alguien que disfruta con las parafilias y nos echamos las manos a la cabeza. En fin. Todo esto viene por mi premisa principal: si practicas el sexo desde el respeto y la libertad, y presumes de no tener tabúes, NO JUZGUES.

¿Yo? Pervertidísimo, vamos. Me encantan los juegos en los que finjo ser otra persona; disfruto como un bellaco cuando veo a mi compañera gozar como una perra mientras ve realizadas sus fantasías más secretas. Al fin y al cabo, el sexo es un juego. Y, por último, está el tema de “mirar”… Lo admito, vale. Me vuelve loco eso de espiar momentos íntimos. Me gusta sentirme como un niño que descubre por primera vez a una mujer masturbándose sobre la cama, espiando por la rendija del armario, escuchando los gemidos desatados de quien se siente a salvo de opiniones y bromas. Además, con los años he comprobado que la mayoría de las mujeres no tienen nada que ver en privado que con un hombre. Se censuran; fingen o exageran para complacer; intentan convencerse de que son libres pero, en algún rincón oscuro, la mente sigue funcionando y activa sus mecanismos. Rara es la confianza que consigue un hombre para tener a una mujer totalmente desatada en su cama. Y por eso (y cien mil razones más) me gusta mirar a escondidas.

Reconozco que no han sido pocas las víctimas de mi voyeurismo. Pero aún se me resiste una fantasía… Sé que tarde o temprano la cumpliré, por tenacidad más que nada. Pero con el paso del tiempo se vuelve más y más fuerte en mi cabeza, hasta el punto de tener que huír literalmente al baño más cercano si pienso en ello más de la cuenta. Si, he visto a dos mujeres devorarse mutuamente sobre sábanas de raso, con música de fondo y un par de velas sobre las mesitas de noche… Pero ellas no han sido conscientes de mi presencia. Lo que me gustaría de verdad es poder gozarlo en “cuerpo presente”; sentarme en un sofá frente a la cama, con un cenicero, un vaso de whisky y un paquete de tabaco, y disfrutar del erotismo único e inimitable que nace entre dos mujeres jugando. Poder respirar el calor en la habitación; sentir la lascivia en cada jadeo, la lujuria; compartir sonrisas cómplices mientras me dejan ser testigo y notario de cada orgasmo.

Solo de pensarlo me estoy poniendo malo, para variar.

Alguna amistad íntima a la que se lo he contado me ha salido con la pregunta de “¿y si te ofreciesen participar, no lo harías?”. Hombre, uno no es de piedra. Pero lo que sí que tengo claro es que me contendría hasta el dolor; dejaría que ellas gozasen de su encuentro hasta alcanzar varios orgasmos cada una, y yo con ellas probablemente. Y solo entonces, en el caso de que hubiese opciones, participaría activamente dando rienda suelta al morbo acumulado.

En temas de cama, el límite es la imaginación. Yo promuevo el juego del morbo, nunca lo censuro.

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