Reencuentro con mi antiguo profesor

Habían pasado 7 años desde que había terminado el instituto cuando me invitaron a una reunión de
ex alumnos. Al principio me daba pena ir, no pensaba que compartiese nada con las personas
con las que pasé mi adolescencia pero al final me decidí, podía ser divertido. Y lo fue.
A la reunión no solo acudieron mis ex compañeros de clase, sino también ex alumnos de otras
promociones y hasta ex profesores. Se organizó una auténtica fiesta con catering y hasta un Dj para
después del acto. Me encontré con muchos compañeros que hacía tiempo que no veía y también con
mi ex profesor de Lengua y Literatura. ¡No había cambiado nada!
En mi etapa del instituto había estado enamorada de él. Él fue mi primer amor platónico y no era de
extrañar. Era joven, apenas tenía unos 10 años más que sus alumnos, apasionado de la literatura y la
poesía y muy divertido. Nos leía poesía en clase viviéndola como nadie más había hecho. Creo que
yo no era la única alumna a la que le volvía loca. Pero, además, su actitud conmigo era diferente.
Me invitaba a escribir y como sabía que a mí también me gustaba la poesía me buscaba algunos
poemas que creía que me podían gustar y me los dejaba.
Me alegré mucho de verle, tanto que no pude evitar volver a llamarle “Profe”. Dentro de esas cuatro
paredes era como si el tiempo no hubiese pasado pero sí lo había hecho. Empezamos a hablar y a
contarnos qué había sido de nuestra vida. Primero profesionalmente y después personalmente. Me
confesó que se había divorciado hacía un par de años y que ahora estaba viviendo una nueva
juventud. Conectamos de nuevo como habíamos hecho años atrás pero ahora notaba que ya no me
miraba como si fuese una niña, una alumna intocable.
Entre charla y charla acabamos separándonos del resto del grupo y paseando por los pasillos que
habíamos recorrido años atrás hasta llegar a lo que un día fue su clase.
– ¿Sabes? Estaba bastante colada por ti en el instituto. ¡Qué pena pasé!
– Y yo por ti pero era tu profesor y tú mi alumna.
– Era- remarqué.
– Sí, eras…
Se acercó hacia mí lento, sin prisa. Después de tantos años y seguía siendo paciente. Me rodeó por
la cintura y me besó apasionadamente. Nuestros labios se fundieron liberando todas las ganas
acumuladas clase tras clase, tutoría tras tutoría. Deslizó sus labios hasta mi cuello y su respiración
cálida sobre mi piel me encendió. Sentía que toda la ropa me sobraba. Volvía a ser esa niña de 16
años loca por su profesor, haciendo algo que tantas veces había soñado. Tanto que dejé de pensar y
me dejé llevar por mi deseo adolescente y mi pasión animal. Le metí la mano por dentro de los
pantalones para palpar su verga y no me defraudó. Ahí estaba, grande, dura y caliente empujando
con fuerza sus vaqueros, queriendo salir de ahí.
– Ya no eres ninguna niña- dijo.
Le bajé los pantalones liberando su verga. Me arrodillé ante él y comencé a chupársela. Estaba
deliciosa. Primero le lamí solo la punta bajando con mi lengua por los lados hasta sus huevos,
chupándoselos también y acariciándolos con mis manos. Finalmente, me la metí hasta el fondo de
mi garganta y se la chupé cada vez más rápido, jugando con mi lengua por ella y apretando bien mislabios. Desde allí abajo le observaba disfrutar, echarse hacia atrás y entonces me detuve para dejarle
con ganas de más.
Apoyó su espalda sobre la mesa del profesor mientras yo me levantaba ligeramente y comenzaba a
desnudarme por completo delante de él. Le pedí que me bajase el vestido por atrás
y él aprovechó para besarme la espalda y acariciarme hasta bien abajo. Me lo quité así, de espaldas
a él para que pudiese observar bien mi culo con el tanga. Entonces me giré, me desabroché el
sostenedor liberando mis pechos y luego me quité el tanga lentamente.
Mi profesor estaba tan caliente que no tardó en agarrarme en brazos y empotrarme contra la
pizarra de la clase. Noté la primera embestida fuerte y potente. Era sensible pero me daba salvaje.
Yo me agarraba a la pizarra para no caerme mientras él levantaba mis piernas hacia el cielo
abriéndolas para metérmela hasta el fondo. Aumentó la intensidad y el recorrido sacando hasta casi
la punta de su polla de mi coño para volver a meterla hasta el final. Gritaba de placer, gemía sin
importarme que alguien nos escuchase y le pedía entre gemidos que me cogiese, que no dejase de
cogerme duro. Le decía “sí, sí, así, más duro, dame más duro, Profe”.
Notaba mi concha totalmente húmedo mientras su verga seguía su camino por mi vagina cuando
finalmente me fui, gritando de placer, sintiendo cómo se estremecían cada una de mis
extremidades. Él aprovechó mi orgasmo para darme con más fuerza hasta que él también se fue
dentro de mí. Por lo menos, valió la espera.

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