Carla, cross dresser sumisa fetichista

Fui al otro cuarto donde había dejado mi ropa y maquillaje y pasé al aseo para arreglarme de nuevo.
“recuerda, no te limpies, solo maquillate de nuevo, quiero esos labios rojo brillante, pintate los ojos un poco más de negro y ponte perfume” me ordenó Luís desde el hall.
Ante el espejo trate de corregir lo mejor posible el maquillaje corrido por el semen y mis propios lagrimones. Notaba el olor del sexo, mezcla de sudor y semen, incluso un leve olor acre de heces pegado a mi piel y ropa.
Tras repasar el maquillaje pálido y el colorete pinte mis labios con el carmín rojo ultrabrillante y perfiles aun más de negro mis ojos, añadiendo más sombra de ojos negra hasta conseguir un aspecto muy gótico y un poco desaliñado, como de haber estado toda una noche de juerga.
Salí al hall y Luís dio su aprobación.
“las reglas no cambian, seguirás sin poder hablar sin permiso y usarás la palabra de seguridad si no quieres seguir, vamos a salir de nuevo” dijo Luis
Se acerco a mi y me olio, “ese delicioso perfume no oculta el olor a sexo, puta. Me excita sacarte así vestida y desaliñado, pareces una puta barata de polígono. Por cierto tengo un par de regalitos más para ti”
Lo primero que me presento fue un collar de perra de cuero negro con argolla metálica en el frente y cierre de hebilla en la parte de atrás, que me colocó inmediatamente.
Lo segundo fue un pug anal de silicona en forma de cono relativamente grueso que se estrechaba considerablemente en la base y finalizaba en una parte lisa y curvada a modo de asa.
Luís me ordenó inclinarme y abrirme de piernas apollando mis manos en la pared, subió la minifalda de charol y bajo mi tanga. Volvió a untar mi ano de lubricante metiendo bien profundo sus dedos y con cuidado empujó el pug dentro de mi. Tarde un par de minutos en aceptar aquel objeto dentro de mi en su totalidad, pero cuando la parte más gruesa de aquel cono penetro mi culo se cerró sobre el estrecho cuello de la base como si fuese un tapon a presión y la base se acomodo entre mis nalgas. Luís recoloco el tanga y la minifalda y me ordenó ergirme.
“tengo que llevar esto.. por la calle?” pregunté asonbrada
La primera respuesta de Luís fue un bofetón. La segunda fue “si, y como vuelvas a hablar sin permiso aplicaré un castigo más doloroso y humillante, y ahora vas a caminar un rato por el pasillo para acostumbrarte a hacerlo con las piernas un poco más juntas para sujetar el pug pero sin perder esa gracia femenina que tienes, tambien quiero que pruebes a sentarte con naturalidad para que veas que no se nota, pero con cuidado para que no se salga, vamos a ir a sitios públicos y no quiero que la lies”
No tarde en acostumbrarme a la sensación de caminar con aquello dentro de mi, apretando las nalgas y juntando los muslos con lo que caminaba con pasos más cortitos acentuado aún más por la gran altura de los tacones de las botas de charol.
A aquellas alturas el collar de perra que adornaba mi cuello era lo que menos me había preocupado, ya vestida como una puta y sintiéndome como tal despues de la humillante y sucia sesión de sexo era una mera anécdota pero tenía su morbo.
Asi que asumí mi rol y a las órdenes de Luís volvímos a salir a la calle a media noche.
Las calles estaban mucho más despejadas de transeuntes, pero cuando pasábamos junto a gente notaba las miradas inquisitivas y curiosas, algunas descaradas otras de refilon. Luís disfrutaba claramente con aquello, yo a mi manera tambien bajo el yugo de la humillación y la vergüenza. Caminábamos despacio, pero mis pasitos cortos hacían replicar aún más los tacones de las botas sobre la acera, así que parecía ir anunciando mi paso como las campanas de una iglesia.
Luís me tranquilizó diciendo que iríamos a un sitio público pero discreto a esas horas, que siguiese con naturalidad sus instrucciones.
Tras unos diez minutos llegamos a las inmediaciones del parque público más grande del centro, y al lado de este vi una terraza semi cubierta anexa a una especie de kiosko bar, a la cual nos dirigimos
Había un par de mesas ocupadas por parejas acarameladas tomándose una copa. Un camarero dentro del kiosko y otro fuera atendían las mesas. Tomamos asiento en el lateral más apartado y con menos luz, las dos parejas se fijaron en nosotros y los camareros cuchichearon entre ellos.
Cuando el camarero se acerco y nos dio las buenas noches Luís pidió dos combinados de ron con cola que trajo enseguida.

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