Cierra los Ojos

Martes
—¿Recuerdas a Maxwell? —pregunta calmado Ángel Brant.

—Sí.

—Su padre falleció, ha llamado Javier para contármelo.

Maxwell, conocido como Max, es amigo de Ángel. Habían ido juntos a la escuela militar, pero luego sus caminos se separaron cuando Ángel decidió estudiar leyes y Maxwell dedicarse a la mecánica. Javier era el único que había seguido y hoy en día trabaja como oficial del ejército.

Isabel mira a su esposo en silencio con el vaso de café en la mano, lo baja con lentitud a la mesa y se cruza de dedos por debajo de su barbilla.

—Dice que ha muerto en el trabajo, que le ha caído una rama de árbol sobre él y ha muerto al instante.

—Eso es… Lo lamento, pasaré a comprar flores a lo que salga de la clínica e iremos en cuanto llegues del trabajo.

—Con respecto a eso —Ángel pone cara de lamentarlo y sigue—. Javi también me ha preguntado si podía quedarse con nosotros unos días.

Su esposa lo mira en total tranquilidad, masca la tostada que tiene en su mano, la remoja en su boca con una bocanada de café antes de tragar, limpia los restos de miga con una servilleta y suspira.

—Ya le dijiste que podía venir, o me equivoco.

—Lo siento, nosotros éramos todos amigos, no pude decir que no.

—Debes hablar con Gonzalo, por mi está bien, pero, no soy la única que vive aquí.

—Te amo.

—Yo a ti, iré a terminar de vestir y salgo al trabajo.

Isabel besó a Ángel en la boca de manera fugaz y se apresura con caminar danzarín hacia su habitación.

Apenas hay tráfico cuando Ángel conduce de su trabajo a casa, no ha tenido tiempo de hablar con Gonzalo y Javier llegará en cualquier momento. El tema no es que Gonzalo sea un borde y se niegue, el problema es que Javier, como lo recuerda, es un completo imbécil y la casa no es lo bastante espaciosa para tener un cuarto de invitados, por lo que Gonzalo y Javier deberán compartir habitación por unos días. Al estacionar frente a su casa baja de su auto y ve a Gonzalo en el porche que bebe un vaso de jugo con un libro en la mano.

—Kaco.

—Hola, ¿qué tal el trabajo hoy?

—Solo papeleo, nada muy importante, aunque algo sucedió y tengo algo que hablar contigo.

—No tenemos que hablar —Gonzalo sonríe con sus dientes blancos formándole hoyuelos en ambas mejillas—, ya conversé con Isabel, aunque he pedido algo a cambio.

—Lo que quieras—Ríe.

—Ordenarás tú la habitación todos los días mientras se quede Javier y me cubrirás en los trabajos a los que me obliga tu detestable mujer.

—Me parece un buen trato, pero qué te parece si lo hago durante toda la próxima semana, que se viene una semana difícil, de hecho ahora debo salir e ir a buscar Javier.

—Tranqui, acepto tu trato.

Ángel revuelve el cabello castaño de Kaco, da dos pasos y busca sus llaves para abrir la puerta.

—Por cierto —Gonzalo sin apartar la vista de su libro—, Javier ya está aquí, llegó hace media hora e Isabel lo tiene arreglando el lavaplatos que te pidió arreglar hace dos semanas —suelta una risa corta—, ese que te ha recordado desde entonces todas —alarga— las mañanas cuando llena su botella de agua.

—Demonios, me va a matar.

—Sep— estirala palabra, aun con sus ojos en el libro.

Antes de que Ángel termine de desenredar sus llaves de los audífonos la puerta se abre.

—¿Cómo estás? Bro, Bienvenido a tu casa —Con una gran sonrisa se abrazan y dan fuertes palmadas en la espalda mutuamente.

—Bien —ríe—. Imagino que tú aún mejor, gracias por la bienvenida.

Los ojos de Javier se hacen pequeños, arruga la frente hace una mueca en dirección a Gonzalo. Ángel devuelve otra mueca desentendida al no captar qué sucede —«Quién es»—. Gesticula Javier con los labios, el abogado abre los ojos sorprendido y se apresura a hablar.

—Javier, ¿conociste a mi cuñado? —Kaco levanta la cabeza del libro pero no se gira a mirar.

—No he tenido la dicha —guiña un ojo a su amigo.

—Javier te presento a Kaco mi cuñado, hermano de Isabel.

«No sabía que tenías otra esposa, imbécil» Piensa Kaco mientras pone cara de pocos amigos, se levanta con lentitud teatral, como si cargara mucho peso en sus hombros y se gira.

—Hola, soy Gonzalo, el hermano de una de sus esposas —mueve la cabeza en dirección a Ángel al mismo tiempo que estira la mano.

—Hola —boquiabierto—, eres igual a tu hermana.

—Eso dicen, pero yo soy más lindo —termina la frase con una media sonrisa.

Ángel entreabre la boca y mueve su cabeza en señal de desaprobación y comienza a sonreír.

—No te interrumpimos más, sigue con tu libro —empuja a Javier hacia adentro quien aún tiene la mano del castaño apretada y una sonrisa de satisfacción.

Kaco sienta nuevamente, deja el libro al costado y se queda mirando la casa del otro de la calle, pensativo.

Isabel, Ángel y Javier llegan pasada la media noche, Gonzalo sentado en el sofá mirando “American Dad”, se levanta apenas estos entran hablando entre risas.

—¿Qué tal les fue, cómo lo pasaron?

—Es un velorio Gonzalo, no es un lugar donde pasarlo de alguna forma —Gonzalo rueda los ojos y se sienta.

—Me iré a dormir de inmediato mañana tengo un caso, Javier estás en tu casa.

—Yo igual estoy cansada, gracias por el lavaplatos Javier —fusila a Ángel con su mirada—. Adiós hermanito.

—Adiós, único cuñadito —ríe y revuelve el cabello de Gonzalo como lo acostumbra a hacer.

En la casa todos se llevan bien, siempre han sido muy unidos desde que Isabel y Ángel se casaron. Aquella casa en la que viven es legado de la madre de los mellizos, es lo que les dejó como herencia al fallecer hace un par de años. Su padre es un misterio para ellos.

—Siéntate, aquí hay cerveza y pizza.

—Gracias —estira la mano para recibir una lata de Budweiser.

—¿A qué te dedicas?

—Soy Teniente, en un par de meses me ascenderán a Capitán —el castaño mira con sus grises ojos bien abiertos sin entender—. Militar, soy militar, estoy en el ejército.

—Ya veo, disculpa la ignorancia no se mucho de esos temas, yo soy terapeuta, lo mio es relacionado con la salud.

La conversación ha acabado luego de un par de cervezas y conversación superficial, Javier toma una ducha mientras Kaco ordena un poco la habitación, al terminar entra al baño a cepillar sus dientes y refrescar un poco la cara.

—Permiso.

—Pasa.

Javier se encuentra envuelto en una toalla afeitando su perfilada cara frente al espejo en el que se refleja a la perfección su cuerpo atlético y firme, con un tatuaje de tigre a líneas en el pecho y varios tatuajes pequeños envolviendo sus enormes bíceps, su cabello corto y mojado totalmente despeinado y una línea muy delgada de pelusa casi imperceptible bajo su ombligo que se pierde al terminar el espejo y comenzar el mueble del lavabo.

—¿Puedes llevar tatuajes en tu trabajo?

—Mientras no sean visibles con uniforme, no hay problema. ¿Te gustan?

—Sep —alarga—, me gusta el tigre —sin parar de examinar el cuerpo de su acompañante.

—Falta pintarlo.

—Se ve bien así —Con los ojos detenidos en sus oblicuos.

—Entonces puede que lo deje así.

Gonzalo levanta la vista y ve que es mirado fijamente a través del espejo, el musculoso guiña su ojo derecho con la vista fija en él, enjuaga su cara y sale del baño acariciando con sus dedos la mejilla del mellizo, este sonrojado coge su cepillo de dientes y el dentífrico mientras la puerta es cerrada en su espalda.

Al salir, el musculoso está tapado hasta la cabeza, el castaño se acuesta suavemente en su cama en total silencio. «¿Qué me sucede?, ¿por qué se me hace tan fascinante?, Algo en él me parece sorprendente y singular» confundido en lo cautivador y simpático que se tornó en su conversación mientras bebían, en sus ojos verdes y fuerte barbilla; en su guiño al descubrir como lo examinaba centímetro a centímetro, en cómo tocó su cara antes de salir del baño. «Que gran espalda, y qué pectorales» piensa el castaño y entre el recuerdo de sus tatuajes se duerme.

Miércoles
Al volver a casa del trabajo, Gonzalo se encuentra a Javier en el salón tirado en el sofá escuchando música mientras come una ensalada. Está con el torso desnudo dejando a la vista sus tatuajes y su marcado abdomen, unos pantaloncillos ajustados que hacen notar su bulto en la entrepierna y un gorra de béisbol. El castaño se queda paralizado y en silencio mientras el musculoso se rasca las bolas por encima de su ropa marcando aún más su paquete. El nerviosismo y la excitación se apoderan de su cuerpo, en silencio y sin que el tatuado se percate de su presencia camina a su habitación, se desnuda quedando solo en bóxer y comienza a tocarse por sobre su ropa interior, confundido con el hombre tirado en el sofá, sin comprender lo sucedido. Hasta ahora nunca ha sentido atracción por un hombre, pero no deja de pensar en el cuerpo tatuado y musculoso del salón y en esta nueva sensación que hasta ahora nunca ha tenido. La excitación se convierte en relajo y sucumbe ante el sueño.

Alrededor de las 6 de la tarde un peso sobre la cama remece suavemente al mellizo de ojos grises y una mano desconocida se posa poco más abajo de su rodilla, no abre los ojos, se queda quieto, quizá por nervios, quizá por gusto. La mano comienza a subir por su pierna rozando solo con las yemas de los dedos, pasa por sobre el bóxer, sube un poco más y comienza a juguetear con los vellos oscuros bajo su ombligo que definen una línea recta hacia su pubis. Su cuerpo se estremece al contacto con aquellos dedos lo suficientemente ásperos para raspar suavemente su piel y causarle placer. Los dedos siguen ahora por el costado izquierdo de las costillas, se retuerce y deja escapar un leve gemido. El desconocido suelta una pequeña risa de satisfacción, su mano ahora extendida aprieta suavemente la cintura provocando una sensación extraña al sentir algo frío en su piel. La mano baja y los dedos comienzan a jugar en la entrada del bóxer, su pene duro deja escapar pequeñas gotas que hacen aparecer manchas de humedad en su ropa. Algo húmedo y suave toca su costilla derecha y comienza a subir hasta su pezón del mismo lado, unos dientes muerden suavemente al tiempo que la lengua moja por completo su areola. La mano se desliza por debajo del bóxer y juega con su bello púbico rozando apenas su glande dentro de su bóxer, como si de un accidente se tratase, la lengua sigue el camino hacia su cuello, siente mordidas suaves en su manzana de Adán y un ligero raspar de una barba casi imperceptible. La lengua sube en su mandíbula, siente la boca abrirse y la barbilla es besada por aquellos labios desconocidos, la lengua roza la comisura de sus labios, abre la boca y deja escapar un suspiro quejumbroso lleno de placer, es besado, besado de manera bruta, con necesidad. Su boca seca empapada por la saliva agria del desconocido quien cada vez hace el beso más apasionado, llena la boca con su lengua, moja las comisuras de ambos y empapa sus inexistentes bigotes de saliva.

El beso se acaba y el desconocido desaparece dejando a Gonzalo empalmado y extasiado. Abre los ojos y se encuentra inmerso en oscuridad, empapado en sudor, sin saber si lo sentido ha pasado o lo ha soñado. Pone un pantalón, una musculosa y descalzo sale en busca de agua. Al llegar a la cocina Javier corta unas zanahorias en delgadas rebanadas.

—En breve estará la cena —sonríe con amabilidad sin dejar de mirar los cortes perfectos de zanahoria.

—¿Ha llegado alguien más?

—No, la pareja de tórtolos cenará fuera y no sé cuándo volverá. Isabel dijo que te llamará luego, le dije que estabas dormido ya que me dio pena molestarte, te veías muy a gusto; angelical.

El color rojo se apodera del rostro de Kaco quien comienza a recordar lo sucedido —«tuvo que ser él, no hay otra posibilidad»—, piensa. Javi se gira para revolver con una cuchara de madera el contenido de la olla —«o fue un sueño, no sé, pero qué demonios me sucede»—. El calor comienza a apoderarse de cada parte de su cuerpo, está sudando, confundido y mareado. Toma un vaso para beber agua pero este se resbala por sus manos sudadas y estalla en el suelo.

—Mierda.

—Aléjate, no lo recojas —preocupado el rubio toma al castaño de los hombros para ponerlo en pie y alejarlo—. Estás temblando.

—Estoy bien, iré por una escoba —su cara arde.

—No, siéntate, no lo permitiré, yo iré por algo para limpiar —empujándolo hacia un taburete detrás de la isla de cocina para evitar cortar sus pies—. No te acerques a la olla. De hecho no te acerques a nada.

Javier regresa, con un cepillo de alfombras y una pala pequeña que usan para limpiar el auto.

—Fue lo primero que encontré, no te muevas, no quiero te cortes.

—Puedo hacerlo, no te preocupes.

—No, quédate quieto.

—Estoy bien.

—No, no lo estás —furioso—, no estás bien, estás temblando, estabas rojo hace un momento y ahora estás pálido, además mira como te tambaleas en esa silla.

Kaco no se había dado cuenta de esto último, mira a Javier recoger el resto de los vidrios, aún furioso por la desobediencia.

—Lo siento.

—Solo no te muevas.

El piso ya está limpio, como si nada hubiese ocurrido y un vaso de agua posado sobre la encimera, el rubio mira impaciente a que beba el agua que sirvió para él. Gonzalo haciendo gala de sus dotes dramáticos toma el agua y con una lentitud teatral comienza a tragar, como si tragar agua raspara su garganta. Se levanta del taburete y se marcha.

—Aguarda —Javier camina hacia él.

—Dime.

—¿Estás bien?

—Sí, solo algo confundido.

—Puedes contarme.

—He tenido un sueño, pero parecía tan real.

—Puedes decírmelo, no sientas vergüenza, miedo, o lo que puedas sentir —tomando la mano del aún mareado soñador.

El mareo se va enseguida al sentir en su mano algo frío, es el mismo frío que sintió en sus costillas en su realista sueño. Mira rápidamente la mano y ve un anillo de acero y sabe de inmediato que todo fue real, que Javier es quien ha entrado a la pieza hace un momento. Pero si no es así, si en realidad eso lo sintió porque en su subconsciente había visto el anillo, tal vez al saludarlo el día anterior, o cuando este afeitaba y examinó cada centímetro de aquel hombre a través del espejo. Con su mano libre toca la cara del militar, no se ve rastro de barba pero la siente a punto de crecer al igual que la sintió cuanto era besado, lamido y mordisqueado. Deja de tocar el rostro y camina a su habitación sin soltar la mano, nervioso, en total oscuridad se atreve y besa la boca del musculoso. El sabor que siente es el mismo sabor que había sentido antes, ahora lo reconoce mejor, es a limón oxidado, el sabor que toma el limón cuando lo cortas y lo dejas el tiempo suficiente para que el aire le de un toque amargo. Lo sabe bien, siempre que su hermana intenta botar a la basura un limón por estar en esas condiciones él lo impide, es cuando más le gustaba el sabor del limón y hasta ahora nunca ha conocido a nadie más que le guste. El beso es devuelto con suavidad, lleno de inocencia.

—No fue un sueño, fuiste tú —susurra.

—A lo mejor soy un sueño, soy tu sueño —sonríe dejando escapar aire por su nariz.

Se besan nuevamente, ahora con más pasión y desenfreno. El hombre que admiró en el baño y que le provoca tanto pudor está frente a él, aunque en la oscuridad, pero está ahí, besándolo. Lleva su mano al corto y rubio cabello del militar, presionando aún más sus bocas, respiran fuerte. Las manos de aquel musculoso arrebatan la sudadera de su amante, comienza a besar su cuello, lame su manzana de Adán y baja su cabeza hasta llegar a su pezón izquierdo. Los gemidos comienzan, son suaves, llenos de aire, muerde el pezón y estira, la respiración es cada vez más profunda. Kaco es empujado sobre la cama quedando el tatuado sobre él, con la lengua recorre desde su duro pezón hasta el ombligo. Frota su cara contra los bellos que se pierden por debajo de su pantalón. Con ambas manos toma los pantalones entrando sus dedos por las caderas y tira de ellos sacando todo de una vez. Su nariz llega y se posa en las bolas viriles del castaño, siente su olor a sudor mezclado con suaves restos de jabón, saca la lengua y lame desde las bolas hasta llegar a la base del pene, sin detenerse sigue lentamente por el tronco hasta llegar al glande húmedo. Vuelve a oler, el jabón no se percibe, en su lugar huele una mezcla de sudor con gotas de orina y el líquido que sale por la pequeña abertura de su pene le humedece la nariz. El castaño se tensa y gime aún más fuerte. El pene es tragado hasta la mitad, lo deja salir lentamente mientras los dientes rozan el glande, pasa la lengua por aquel palpitante pene desde la base a la punta, saboreando y sintiendo como emana líquido. Vuelve a tragar una y otra vez. Los ojos grises abiertos intentan ver en la oscuridad mientras tirita nervioso, aprieta los puños uno a cada costado, sus oídos algo tapados por la adrenalina, gime y encorva su espalda. El rubio se excita aún más sin parar de lamer y chupar aquel pene. Vuelve a subir a la boca, sin separar la lengua del cuerpo, saborea el sudor emanado por el castaño, besa sus comisuras y le mete la lengua en la boca.

En su pene siente un apretón y el frío del anillo llega a su percepción, comienza a ser masturbado al compás de los besos, sus lenguas luchan por apoderarse de la boca del otro, gime casi sin aire. El sudor moja su cuerpo nervioso por su primera vez con un hombre.

«Qué me sucede», piensa— Sí—ahogando un grito.

La excitación cada vez más fuerte, su pene palpitante y mojado lanza un chorro de semen con fuerza, como nunca le ha sucedido. Ruge de placer mientras se estremece, el tatuado baja hasta el pene mojado, salta otro chorro y se lo mete en la boca para que siga eyaculando dentro de ella. El castaño grita más fuerte, la sensación de placer mezclada con dolor llega a un límite que nunca antes ha sentido, un placer insoportable, vuelve a gritar, aprieta los dientes, gime una vez más. La boca sale de su pene, sube su cuerpo y saborea todos los lugares en los que su semen tibio salpicó, llega hasta su boca y con un beso le da a probar su propio sabor.

Siente un olor conocido, y medio desorientado por el placer abre la boca para hablar, pero solo sale de él un murmullo.

—Algo huele raro —casi inaudible.

—¡Mierda, la comida! —de un salto el musculoso se incorpora y sale corriendo de la habitación.

Desorientado y nervioso Gonzalo se queda inmóvil, relajado, hasta dormirse.

Jueves
A la salida del cementerio Isabel se despide para marchar al trabajo. Las horas de permiso van a acabar y debe estar en urgencias de un momento a otro.

—Llévame, así le paso mis llaves a Javo

—Claro, adiós Javier, que tengas un buen viaje y vuelve a visitarnos pronto

—Muchas gracias, guapa — sonríe

Isabel se aleja para darles espacio a los amigos, Ángel mira como se aleja su esposa, y le entrega las llaves a su amigo.

—Conduce con cuidado — presionando las llaves sobre la mano de Javier.

—Gracias por todo.

—Cuídate y llámame más seguido.

—Lo prometo —con alegría—. Antes que lo olvide —subiendo el tono de voz—, el número de Gonzalo, quiero llamarlo para despedirme.

Alex levanta una ceja algo sorprendido —¿De cuándo tan educado?

—Esta mañana dormía profundo y no quiero ser mal agradecido, al fin y al cabo dormí en su habitación.

—Solo no lo lleves a casas de putas o algo similar en agradecimiento—saca el celular de su bolsillo y comienza a presionar la pantalla—, es un buen chico.

—Lo sé, solo le daré las gracias, lo prometo —ambos ríen.

—Enviado —. Los amigos se abrazan y emprenden marcha a cada automóvil.

Javier ha conducido todo el camino hasta casa lo más rápido que pudo, tiene hambre y necesita cambiar su ropa formal por algo más cómodo y deportivo, el calor lo sofoca. Al llegar ha comenzado a lloviznar, aparca el coche y sale caminando lento, aprovechando la fresca agua para refrescarse, llega al porche en el que hace dos días conoció a Kaco, una sonrisa le ilumina el rostro al recordar los gemidos de placer que le había propinado la tarde del día pasado. Al entrar Kaco se encuentra vestido para ir a trabajar, sentado en un taburete pegado en la pantalla de su computadora.

—Hola.

—Hola —sin despegar sus ojos de la computadora.

—Que bueno que te encuentro —camina hasta quedar al otro lado de la encimera—. Pedí tu número de teléfono, tenemos que hablar.

—No hace falta.

—Lo de ayer fue. Yo —dudoso—. Es la primera vez que hago algo como —tartamudea—, como eso.

—Como eso —repite— ¿Como qué? ¿Algo como violarme?

—¿Violarte? —sorprendido— No te violé, tú me besaste, yo solo te seguí.

—Antes de eso —Despega sus ojos de la computadora, y mira a los ojos del rubio—, mientras dormía, me tocaste y besaste.

—¿De qué estás hablando? —aún más sorprendido—. No he hecho nada antes de que me besaras, ¿cómo se te ocurre que entraría a tu habitación a tocarte mientras duermes?, qué clase de psicópata crees que soy —algo alterado y molesto.

—No lo niegues, lo hiciste —arruga la frente y alza la voz—, lo recuerdo.

—Recuerdas mal, yo no me acerqué a tu pieza más que para ir a darte el teléfono cuando tu hermana llamó —sus palabras salen apuradas y con brutalidad—, estabas dormido así que no te desperté y vine a cocinar.

«No, no. Sucedió» Se cuestiona Gonzalo. «Sentí su anillo, su barba, sentí su tacto, sé que fue real» —Eso quiere decir que… No, no fue un sueño.

—Tu sueño, no me contaste sobre tu sueño —abrió sus ojos al máximo—. ¿Qué soñaste específicamente?

—Nada —se sonroja.

—¿Nada? —escéptico—. Me acusas de violarte, me hablas de un sueño, ¿debo creer que nada? —la rabia aparece en su voz nuevamente—. Es claro que soñaste conmigo y quiero saberlo.

—Que me tocabas y besabas —agacha la mirada y continua—, pero no fue un sueño, fue real

—No, o sea, fue real, yo sí te toqué y besé, pero estabas consciente, tú me besaste primero —su voz se tornó compasiva—, jamás habría hecho algo como eso si tú no quisieras.

—Pero —alzó la mirada buscando los ojos de su receptor—, fue tan real.

—Pudo ser tu deseo, cuando alguien quiere algo tiende a soñar con aquello, a veces la mente nos juega una mala pasada.

—Yo no lo deseaba.

—Entonces, ¿por qué me besaste?

—Porque tú lo hiciste primero —sus ojos están iluminados con lágrimas, siente vergüenza, pero su boca es más rápida que su mente—, en mi sueño

—Oh Dios, es que acaso te escuchas —una media sonrisa aparece en su boca—, estás más loco que yo.

—Es primera vez que hago algo así, nunca había besado a un hombre.

—La mía igual —su cara seria pero cercana.

— Se notó —con tono sarcástico.

—¿Sarcasmo? —enarca una ceja— No me gusta, no lo hagas.

—Está bien —algo avergonzado—, aunque no parece que te falte experiencia.

—Solo me dejé llevar, algo en ti me atrae mucho —su voz hosca— y sentí que te gustaría, no lo sé. ¿Te gustó? —temeroso de la respuesta.

—Claro que me gustó, es solo que…

—¿Quieres que lo terminemos bien? —interrumpe—, podría ser el inicio de algo.

—Estás loco —cierra su computadora y se para del taburete.

—Puedo estarlo, no lo niego — da un paso para rodear la encimera y acercarse a Gonzalo—, pero tú claramente lo estás más —Otro paso—. Además me lo debes —suelta abruptamente.

—¿Yo?, ¿Deberte algo? —al momento de juntar las cejas—. No te debo nada —niega con la cabeza

—Sí, me debes —da otro paso y queda al borde de la encimera—, me utilizaste y ahora que quiero algo más que solo complacerte no te interesa.

—No es eso, solo que debo irme al trabajo, ya estoy atrasado —termina de guardar su computadora en la mochila y comienza a caminar hacia la puerta.

—A qué hora sales —mientras lo sigue.

—A las nueve de la noche.

—Te llamo cuando salgas, voy por ti —suplica.

—No, no lo hagas —se detiene en la puerta y sin girarse a mirar—debes irte. Además, ya dijiste que te ibas, sería raro para Ángel e Isabel que cambies de parecer.

—No —Con sus manos sujeta a Kaco de los hombros y lo gira—. Mírame —el castaño lo mira y continúa—. Nos quedaremos en otro lugar, confía en mí.

—No lo sé —mira fijamente a los ojos del musculoso.

—Solo deja de poner excusas, acaso, ¿no quieres terminar lo que comenzamos?

—Estoy algo, asustado —la barbilla temblorosa

—A mi lado puedes sentir todo lo que quieras, pero nunca debes sentir miedo, yo nunca permitiré que algo malo te suceda.

—No es de que me suceda algo, es de que haga algo que no deba —con un nudo en la garganta.

—Lo único que no debes hacer es llegar más tarde a tu trabajo, vete—obligándose a decirlo en el tono más tierno que puede salir de su boca.

—No te prometo nada —fuerza una pequeña sonrisa.

—Eso ya es una promesa —sonríe—. Si no apareces, me iré y ya está, todo quedará en el recuerdo de lo que pudo ser.

Se miran unos segundos detenidamente intentando mantener una sonrisa. Javier acaricia la cara de Gonzalo, se acerca a él y lo besa, Gonzalo sale rápido tropezando hasta con el aire antes de llegar a su automóvil, gira la llave para hacerlo a andar y emprende marcha al trabajo.

Vestido con jeans grises, botines del mismo tono, una camiseta polo de color negro ceñida al cuerpo y su gorra de béisbol, Javier está sentado sobre el capó del automóvil de Kaco, con un cigarrillo sin encender en la boca, mirando atentamente la puerta de la clínica con el teléfono móvil en su mano derecha y un Zippo en su mano izquierda.

Son las 9 horas con 36 minutos de la noche, Javier confundido decide llamarlo. El teléfono suena apagado. Javier se levanta del automóvil dispuesto a marcharse, toma el bolso de estampado militar que está tirado al costado de una rueda y comienza a caminar calle abajo.

Las 9 horas con 49 minutos, Gonzalo se detiene en la total oscuridad de la calle, baja la ventanilla.

—Lo siento —asustado—, sube al auto.

Javier sube al automóvil rojo en total silencio, por primera vez en mucho tiempo no sabe qué decir. Está molesto por la espera, pero al mismo tiempo encantado de ver al castaño.

—Yo.

El silencio llena nuevamente el automóvil. El gemelo mira al rubio pidiendo disculpas con los ojos pero es ignorado.

—Yo de verdad lo siento, me acobardé —suelta—, pero, cuando desapareciste por la esquina sentí la necesidad de gritarte, de venir por ti, no sé cómo termine esto que ocurre entre tú y yo, pero, a lo mejor tienes razón y te lo debo.

—Solo conduce —aún molesto—. Donde quieras estaré bien.

—¿Cuál es tu plan?

—Mi plan lo he desechado en el momento que no apareciste.

—Lo lamento, pero ya estoy aquí —tropezando con las palabras—, o es que ya no quieres nada conmigo.

—¿Sabes? —alza la voz—, baja del auto.

—¿Qué?

—Sí, baja ya —sale del coche y abre la puerta del chofer— ¿Qué esperas? te he dicho que bajes. Yo manejo.

El rostro del castaño se ilumina con una sonrisa y baja del automóvil, camina al lado del copiloto y entra.

—¿Dónde iremos?

—Cambio de planes, iremos lejos —sonríe y mira al ahora copiloto —, ¿confías en mí?

—¡Sí! —exclama sorprendido de sí.

Viernes
Las horas han pasado, Javier para en la entrada de una gran casa, saca sus llaves, presiona una lista de números en un control remoto diminuto y una puerta abre. Kaco lo mira sorprendido, avanza en el auto hasta perderse en la oscuridad del garaje. Presiona otra serie de botones y las luces se encienden.

—Bienvenido a mi humilde hogar.

—Muy humilde para mi gusto —ríen.

Descienden del vehículo, se miran con complicidad y se adentran en la casa.

—¿Quieres comer algo?

—Por favor, muero de hambre —sentándose en el amplio comedor—. ¿Por qué te quedaste con nosotros si tu casa queda relativamente cerca?

—Acabo de conducir casi cuatro horas a casi 160 kilómetros por hora —mientras saca unos sándwiches para calentar—. ¿Relativamente cerca?

—Lo suficientemente cerca para conducir, perdiste un día entero.

—Te comí la verga, no fue un día perdido. ¿Queso mozzarella y carne o Lechuga, tocino y tomate? —levantando los sándwiches con sus manos.

Gonzalo mudo y avergonzado solo lo miró a los ojos y calló.

—Lo siento, es solo que —puso a calentar el sándwich de queso con carne—, no me gusta conducir y quería pasar un tiempo con Ángel. Es un gran amigo.

—Entiendo.

En silencio espera a que termine el sándwich de calentar, saca un par de salsas del refrigerador y las dispone en la mesa.

—Comerás una mitad de cada uno y yo otra mitad de cada uno —sonríe mientras lleva los platos a la mesa—, disculpa por la comida, no acostumbro a tener muchas cosas para cocinar, aunque —se apresura en decir— cocino excelente.

—Sí, muy excelente, bien quemada, rica.

—¿Sarcasmo?, de nuevo.

—Lo siento —ríe.

—Es primera vez que se me quema la cena, pero tengo una buena excusa.

—No lo digas —ordena.

—TE —en voz alta.

—¡NO! —exclama avergonzado.

—ESTABA —aumenta el sonido de su voz

—¡BASTA! —grita con sus mejillas enrojecidas

—COMIENDO.

—¡TE ODIO!

—LA

—Alguien puede escuchar —en voz baja

—VERGA — grita aún más fuerte —. QUE ESCUCHEN TODOS, LE COMÍ LA VERGA A ESTE MAN A MI LADO.

Gonzalo avergonzado se tapa la cara.

—No hay nadie que pueda escuchar, no te preocupes.

—Te odio.

—No, no me odias. Ahora cómete el sándwich.

—Eres demasiado temperamental —dando una mordida al sándwich—. Y esto apesta —ríe.

—Sí, en realidad está asqueroso. Si quieres puedo preparar algo.

—No te preocupes, no quiero que vuelvas a quemar comida.

—Solo sucede si tengo…

—¿En serio? —rueda los ojos.

—Tuvergaenmiboca —ríen a carcajadas —. Disculpa no lo soporto más.

—¿Qué co…

Javier besa con rapidez a Gonzalo antes que este acabe con su pregunta y comienza un beso largo, apasionado y lleno de energía.

—Sígueme —toma la mano del castaño y comienza a caminar —. Esta es mi habitación.

Kaco se queda en silencio mirando cada centímetro de la habitación. Es una habitación amplia, con paredes de cemento sin pintar, un gran ventanal, una cama en colores maderosos, un velador a cada lado de esta y una puerta justo al costado de la entrada donde se encuentra un clóset y un baño.

Javier vuelve a besar al castaño, lo empuja contra la cama cayendo de espalda, se quita la camiseta polo y salta sobre la cama para comenzar un nuevo beso.

—Es mi turno —susurra y gira para sentarse sobre el musculoso.

—Tu turno de qué —extrañado.

—Cierra tus ojos, es tu turno de soñar conmigo.

Comienza un nuevo un beso apasionado, las manos del castaño se resbalan hasta el cinturón del musculoso, desata la hebilla y baja el pantalón dejando solo con su bóxer negro. Baja a sus pies, desabrocha y quita las pesadas botas, termina de sacar el pantalón junto a los calcetines.

—No abras los ojos —ordena el castaño y Javier suelta una risilla nerviosa.

Un beso suave aterriza en el dedo pulgar del pie derecho del musculoso, otro en la planta y luego una serie de pequeños besos comienzan a subir por su empeine hasta llegar a su rodilla. El musculoso gime y la lengua emprende su camino hasta el oblicuo, pasando por sobre el bóxer. Ahora los lamidos son más enérgicos, suben mojando las costillas hasta llegar al pezón.

—No —gime en voz delgada.

—Shh… —ordena.

La boca da un salto hasta la manzana de Adán del rubio, ahora la lengua pasa contra la barba que comienza a crecer en la barbilla y sube hasta el lóbulo izquierdo, muerde. «Ay» el militar se desespera de placer. La boca baja dando pequeños besos hasta llegar al bóxer, los dientes comienzan a morder por sobre este el pene del militar que se encuentra completamente duro. Las manos se deslizan por las piernas y desde abajo tiran el bóxer, el pene se dispara y queda erecto tal mástil de bandera. Grueso y largo, con unas bolas grandes colgando, el castaño admira lo que está frente a él. Besa el rosado glande mientras gotas de líquido comienzan a escurrir. Se pone de pie, saca su ropa para quedar solo en su ropa interior. Lame las bolas una por una entre gemidos del musculoso, el pene ya mojado en líquido es tragado por la boca del gemelo. El militar suelta un aullido e intenta incorporarse en la cama.

—No abras los ojos —empuja a Javier contra la cama nuevamente.

Los grises ojos miran detenidamente su presa, el líquido no para de salir así que se lanza de nuevo a lamer el glande, succiona y traga el pene desde la cabeza a la base entrando todo en su boca. Los gemidos se hacen más fuerte, siente el pene endurecer, sabe lo que viene. Sube y besa la boca.

—Puedes dejar de soñar, es hora de hacerlo real —sus ojos brillan.

Javier lo toma por la cintura y gira para cambiar posición.

—No sé qué quiero más. Comerte, follarte o que me folles.

—Podemos hacerlo todo —sonríe

El musculoso saca el bóxer del castaño de manera bruta, le levanta las piernas para exponerle el culo y lame el ojete, escupe y succiona. Se ayuda de un dedo para abrir el agujero y vuelve a meter su lengua lo más profundo que esta puede entrar. Los gemidos cobran fuerza y presiona otro dedo para entrar, escupe y ambos dedos entran.

—Te follaré, no lo aguanto.

Se aparta y se acerca al velador, abre el cajón y saca un preservativo.

—Estoy limpio.

—No es por ti, es por mi —vuelve a la posición con las piernas del muchacho en alto.

—Confío en ti —entrecerró los ojos.

—¿Estás seguro?

—Sí. ¿Cuándo fue la última vez de tu prueba?

—Dos meses —haciendo entrar nuevamente sus dedos al culo de su amante.

—¿Con cuántos has estado?

—Ninguno, eres mi primer hombre, ya te dije —con cara de pocos amigos.

—Mujeres.

—Dos.

—¿Te cuidaste?

—Siempre.

—Entonces qué mierda hacemos discutiendo esto ahora que me tienes con el puto culo abierto, ¡fóllame de una vez!

La embestida se produce de una vez, no hay tiempo para quejidos de dolor. Solo se escucha un gran aullido de parte del castaño y el gran mástil del musculoso está por completo en el virgen culo.

—Lo. Lo siento —susurra

El mellizo sonríe y el vaivén de embestidas comienza. Con el pene a punto de reventar de placer los gemidos son cada vez más agudos, y a medida que los gemidos suben de tono las embestidas se hacen más fuertes. El pene palpita dentro del culo del mellizo, aprieta los dientes, rueda sus ojos, siente la presión dentro de él y le gusta. Grita nuevamente, sus manos tocan los hombros musculosos de Javier y se resbalan hasta llegar a las caderas, las presiona hacia adelante para que las embestidas sean más profundas.

—Ya no aguanto más —suplica el militar.

El oír los gemidos de su amante hacen que la excitación aumente y la sensación se hace incontenible. Su pene se hace más duro y palpitante. Grita y el primer chorro de semen sale disparado con fuerza, la embestida ahora es más dura pero más lenta, otro chorro sale disparado, vuelve a gritar. El castaño cierra los ojos y grita de placer mientras su culo se llena de semen; su pene cada vez más grande comienza a latir y chorros de semen saltan sobre su abdomen. Otro grito y las embestidas se hacen más brutas, más chorros salen, más gemidos y más gritos. Las piernas caen sobre la cama y el pene sale del culo desvirgado aun con semen saliendo desde la punta. El cuerpo cansado del musculoso cae sobre el castaño y se abrazan. Un beso de ternura comienza.

—Ha sido el mejor sexo de mi vida —sonríe.

Gonzalo besa al tatuado, se toca el culo aun dilatado y el semen comienza a escurrir de su agujero.

—Me acabas de rellenar, tal rellenan un pavo en navidad.

—No me masturbo desde que llegué a tu casa y para peor me tenías a mil de caliente, es tu culpa —ríe y besa nuevamente los delgados labios del castaño.

—Necesito hacer una llamada urgente.

—¿Ahora? son las 4 de la madrugada.

—Genial.

El castaño busca en su pantalón el teléfono móvil, marca y llama.

—¿Aló?, habla con el doctor Gonzalo Rodríguez.

—¿Que haces? —extrañado

—Lo que sucede es que he tenido una emergencia y necesito cancelar todas las citas de mañana —guiña el ojo al musculoso quien le devuelve una sonrisa de oreja a oreja—. Si, esta bien, gracias —suelta una risa nerviosa—. ¿El motivo?, tengo al hombre más sexy a mi lado y follaremos todo el fin de semana.

—Pásame eso —Asustado estira su mano para quitar el teléfono al castaño.

—Es broma, ya cortó —ríe—. Tu gritas que te comes mi polla aunque te haga callar, tómalo como mi venganza.

—¿Venganza?, no sé cómo me hace sentir eso —una sonrisa pícara se apodera de su cara—, no pensé que podría ser vengativo.

—Preocúpate, que es mi turno de romperte el culo.

Fin.—

Un comentario en “Cierra los Ojos

  • el 29 mayo, 2019 a las 07:35
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    Esto es arte, en serio quien escribió esto se lleva todas mis felicitaciones, lejos lo mejor que he leído en la página.

    Respuesta

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