El consolador anal

Ese día yo estaba eufórico. Había instalado un programa muy sofisticado que hacía mi trabajo mucho más rápido. No entraré en detalles de mi oficio; sólo digamos que estaba ante el PC con esa sensación de  chico con juguete nuevo. Y eso le comentaba en el chat a mi hija mayor, que  es traductora. Ella me decía que lo mío parecía algo más que un capricho, y me advertía que no fuera a enamorarme:  Yo le respondí algo así como “I don’t think so…Para ti es muy distinto, tienes mejores programas que yo, tienes acceso a una mejor tecnología… Obviamente, tú nunca podrías enamorarte de un juguete como éste”. Pero debo confesar que también estaba chateando con una de esas amigas virtuales tipo sugarbabe. Algo pasó entonces que la última parte de ese mensaje se metió en la ventana de la amiga virtual –yo no me di cuenta- y apreté “enter” sin dilación. Cuando me di cuenta, ya era tarde. Mi mensaje decía: “podrías enamorarte de un juguete como éste”. “Entonces preséntamelooooooo”, respondió de inmediato. Y prosiguió: “¿Tú harías eso por mí, amigo?” Como dije: ya era tarde. Mi amiga virtual había construido todo un sentido, y yo me dejé llevar: “Por supuesto, amiga. Eso y mucho más”, y le seguí la corriente a ver qué podía pasar. Después de ponderar mis virtudes de vidente, y de mil disculpas por su torpeza para expresar su intimidad, me confesó su fantasía con un “consolador anal”. Rápidamente consulté “consoladores anales”, “vibradores anales”, y fui a parar a una página especializada. Y como dice un amigo, el resto es historia. Pedí el juguete y al dia siguente el repartidor estaba en casa. Mi amiga virtual estaba ansiosa y yo empezaba a pasarme películas: ella estaría sola en las próximas tres horas. Me dio su dirección y teléfono. Yo salí de vuelo, como en los buenos tiempos. Pasé al peluquero: un buen corte y fuera la barba. (Después mi hija me comentaría que me había sacado veinte años de encima). . Ya habían transcurrido treinta minutos. Me quedaban dos horas y media. Aquel vibrador anal era una de esas maravillas de la tecnología que hacen lo que uno sólo en sueños podría hacer. Un delicado vibrador anal con estimulador para el ano, un potente motor, además tenía luces -parecía lamparita de velador- con un potente motor de acción doble y multifunción, según su publicidad. Y en el bolsillo, un paquete de preservativos. Embobado como estaba, no reparé en los costos. Pinché su celular. “Voy en camino”. Me quedaban dos horas y algunos minutos, minutos que transcurrieron hasta llegar a su departamento con las incesantes preguntas: ¿cómo será? ¿Atractiva o fea? ¿Joven, madura, o vieja? ¿Rubia o morena? ¿Alta o chica? ¿Gorda o flaca? ¿Pechos abultados o plana? ¿Más o menos cuerda o loca de patio? ¿Y hace cuánto que no me echo un buen polvo? Y… ¿dónde será más conveniente estacionarse con toda discreción? Ahí me di cuenta de que el turbio que viene conmigo estaba dispuesto a todo y a hacerlo bien… Y ya era excitante. Paso firme y decidido. Voz segura en el citófono. El “ábrete sésamo” de toda aventura memorable. Los segundos me parecieron horas frente al ojo mágico de la puerta, adivinando que había alguien al otro lado espiándome y esperando… un juguete de regalo. Caí en la cuenta: no es a mí a quien espera. Yo soy un simple intermediario de un placer ajeno… Tuve celos. Yo era el transporte, el instrumento de un objeto. Además, yo mismo había elegido un rival con el que no podía competir… ¿Y si se me olvidan las pilas? De pronto, con el apuro, podría ser. Pero sería una excusa inexcusable. Me presentaría como un adolescente ansioso y volado. No, no es carta… Y en eso se abre la puerta, sin ruido… Salió un brazo que me cogió del cuello, me empujó al interior y se cerró la puerta… sin ruido. Una mano me arrebató el paquete que fue volando a dar a un sofá. No hubo presentaciones formales; nada de “hola, soy Fulanito de Tal, mucho gusto, ¿cómo estás?” El mismo brazo me atrajo hacia un beso apasionado, intenso, húmedo, largo. Unos dedos ágiles y presurosos comenzaban a desnudarme contra la puerta. ¡Qué bienvenida más deseada! Mis dedos tampoco se quedaron quietos y empezaron a explorar… Un baby doll, sin sostenes, claro, y un calzoncito siempre lista…Todo en rojo. Ella debe haber andado por los treinta y cinco, pero en esos momentos quién pregunta la edad. Era más bien bajita, pero lo que no tenía en estatura lo compensaba con senos, labios y nalgas, todo distribuido con una armonía digna de una escultura, con una cintura y unas caderas como para concurso de belleza. Los hados estaban definitivamente de mi parte. Lo que sigue no necesita relato porque fue un poema: ella era una diosa, una hechicera del sexo. Yo perdí la noción del tiempo y el espacio. Y me fui evaporando en el sudor hasta el éxtasis final. De pronto, un susurro en mi oído: – Gracias por el regalo. Acto seguido, tomó el paquete, lo abrió, mirándome con una sonrisa llena de lujuria, y cuando yo pensaba que todo estaba concluido, se llevó a Angelito a la boca mientras sus dedos hurgaban su vagina húmeda e hinchada. Luego introdujo las pilas sin quitarme la vista, como escrutando mis reacciones. Activó el juguete, se prendieron sus luces de colores, y lo paseó lenta y provocadoramente por la vulva, al tiempo que el conejito acariciaba salvajemente su clítoris. Despues comence a introducirle en el ano y pase a una doble penetración. Nunca había tenido una visión más celestial que la de este Angelito en toda su gloria. – Esto es todo para ti- dijo y cerró los ojos. Como en un acto de prestidigitación, hizo desaparecer a Angelito en esa caverna ardiente, mientras sus labios sólo podían emitir gemidos entrecortados. Pero, ciertamente, eso no era para mí. Era todo para ella. Entonces me di cuenta de que yo estaba sobrando. Tomé mis cosas y tan furtivamente como había llegado, desaparecí de ese escenario pletórico de placer. Me traje un recuerdo que sólo hoy me permito compartir. Y la sonrisa mejor no la describo.

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